LUCIEN MORETTI
La puerta se cerró de golpe tras de mí. Apoyé la espalda contra la madera y, solo entonces, solté el aire. Aún tenía su aroma en la ropa, su temblor en los brazos, sus lágrimas en la piel. Me llevé las manos al rostro. Me temblaban.
—M i e r d a… —susurré.
Me dejé caer al suelo, en esa habitación fría, sin luz, donde dormía desde que volví. Era mi antigua habitación, pero ahora estaba vacía. Sin fotos, sin recuerdos. Solo silencio. El mismo que me acompañó en Italia. El mismo que