No puedo negarlo más.
SILVANO Di SANTIS
Caminó hacia mí como un huracán envuelto en bufanda.
—¿Silvano? —dijo al detenerse frente a mí, jadeando un poco—. ¿Me estás siguiendo?
—Yo…
—¿Estás… bien? —su tono cambió en seco—. Tienes la cara pálida. ¡Estás sudando! — Se acercó a mí a tocarme la frente — Espera… ¿tienes fiebre?
—No es nada. Puedes volver con tu amigo.
—Silvano… estás ardiendo. Dios mío. ¿Has estado con fiebre y parado acá? ¿Estás loco?
—No necesito…
—¡Silencio!
Me agarró del brazo y, contra todo sentido co