ADELINE DE FILIPPI
Estaba sentada en la cama.
Pijama suave, cabello suelto, los brazos cruzados sobre el pecho…
¡Y El puchero más épico que podía armar sin parecer una niña de cinco años!
Pero estaba molesta. Molesta de verdad.
Porque eran casi las cinco de la mañana.
Y Lucien no había vuelto.
Y no respondía los mensajes.
Ni las llamadas.
Y encima, tenía la maldita costumbre de no dejar rastro cuando se iba.
—Más te vale que hayas estado salvando al mundo —murmuré, mascullando mientras apretaba