JEFE DE NOAH
El mundo estaba en silencio.
La ciudad aún dormía cuando crucé la puerta de mi departamento.
No encendí la luz.
No necesitaba ver.
Me conocía cada sombra.
Cada grieta del suelo.
Cada rincón donde había guardado una parte de mí que ya no quería recordar.
Me quité el abrigo.
Dejé caer la capucha. Y me saqué el traje que usé esa noche.
Y recién entonces sentí el ardor en el costado.
La herida no era profunda, pero dolía.
El tipo que me la hizo no vivió para contar cómo me alcanzó.
Ni