SILVANO DE SANTIS
No había forma de negarlo: cada segundo a su lado era una tortura dulce. No por lo que hacía. Por lo que yo sentía. Y por todo lo que no podía decir.
Acompañarla a aquel desayuno era parte del trabajo. Un contrato importante. Un cliente de renombre. Pero si Lucien no podía estar… entonces, no había otro que yo. Porque si algo salía mal… yo sería el primero en sangrar por ella. Y eso, para mí, estaba bien.
Ella salió del auto sonriendo, con ese perfume floral que parecía diseña