ESTEBAN RUSSO
La puerta del departamento se cerró de golpe tras de mí. No por accidente.
Matteo levantó la vista desde la barra de la cocina, con una ceja arqueada y un vaso de whisky en la mano. Su eterna calma contrastaba como una bofetada contra el incendio que yo llevaba dentro.
—¿Qué demonios te pasa ahora? —preguntó sin levantar la voz.
—Le puso un guardaespaldas. —espeté, sin rodeos.
Él se quedó en silencio unos segundos.
—¿A quién?
—A Anny.
Matteo entrecerró los ojos y dejó el vaso en l