MARIE MORETTI
—Gracias… —murmuré, apenas saliendo del trance en el que me había sumido al mirar sus ojos tan dulces—. El jugo… gracias.
—No hay de qué —respondió él, con una sonrisa tranquila que parecía imposible de fingir.
Le devolví la sonrisa y me atreví a preguntar, con curiosidad genuina:
—¿Cómo te llamas?
—Michelle. Soy jardinero… bueno, el hijo del jardinero, en realidad. Estoy ayudando a mi padre este verano.
—¿Michelle? —repetí, saboreando el nombre como si tuviera un sabor nuevo y fr