SILVANO DE SANTIS
Anny tarareaba bajito mientras cortaba los tomates.
Llevaba el cabello recogido con un lápiz —literalmente un lápiz— y una de mis camisas encima de su ropa, como si fuera un delantal improvisado. Le quedaba enorme, pero en ella… todo se le veía perfecto.
Se movía por mi cocina con esa mezcla encantadora entre torpeza y determinación, como si fuera una invasora habitual que ya había conquistado todo a su paso, y ahora solo disfrutara del botín: mi espacio, mi paz, mi atención.