NOHA ALBERTI
El reloj en la pared marcaba las 21:47 cuando escuché la cerradura girar.
Me levanté del sillón, cerré el informe que había estado revisando y lo dejé sobre la mesa de cristal, junto al dossier sellado con el emblema de nuestra organización.
La puerta se abrió.
Entró como siempre: sin ruido, sin prisa, sin anunciarse.
Elegante, impecable, con el mismo rostro indescifrable de todos los días.
Se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero sin mirarme.
Yo tampoco dije nada.
Nunca lo hací