SILVANO DE SANTIS
El reloj marcaba las 08:59 cuando crucé la entrada de la oficina, puntual como siempre. Vestía mi traje oscuro, la corbata perfectamente ajustada y el rostro tan sereno como de costumbre. Cada paso era exacto, medido. La imagen del asistente ideal: impecable, silencioso, eficiente.
Pasé junto a la recepcionista, que me saludó con una sonrisa automática. Como siempre, no respondí. No por falta de educación, sino porque las conversaciones triviales no eran parte de mi día. Lleg