SILVANO DE SANTIS.
Los días pasaban lentos, estaba haciendo unos informes cuando abrí mi cajón por una pluma y ahí estaba, la bufanda que me había regalado Anny con una sonrisa tan dulce, ese mismo día la saqué para botarla, pero no pude, sobre todo porque tenía algo de su perfume, seguro porque la anduvo trayendo todo el día con ella.
Me quedé mirando la bufanda en mi cajón por un momento hasta que sentí esa odiosa voz, ahora entendía porque Noah no lo soportaba.
—¿La extrañas? —preguntó Paol