Ella debe ser mía.
MATTEO RUSSO
Me senté en la oficina de la señorita De Filippi —Addy, para mí, desde que éramos niños — y observé cada rincón con atención. Todo olía a ella. Al mismo perfume dulce que llevaba aquella vez en la fiesta. A la misma presencia imponente pero delicada que me dejó sin aliento cuando la volví a ver.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que la vi, mi madre acababa de morir y mi padre me llevó a ese evento tratando de distraerme, entonces la vi, pasó corriendo con su vestido de pri