PAOLO MORELOS
El depósito apestaba a muerte.
No a la muerte de cuerpos… a la peor: la muerte de almas.
Niños en jaulas. Cadáveres con corbata. Y yo, Paolo Morelos, con un rifle en la mano y ganas de reventarle los sesos al mundo entero.
—Limpio el pasillo este —susurró Noah por el comunicador.
—Copiado. Yo entro por la izquierda.
Pateé la puerta y ahí estaba. Un bastardo con una jeringa aún en la mano y un cigarro colgándole del labio. Me miró como si no entendiera qué demonios pasaba. No tuvo