El sol caía suave sobre la terraza de la villa. El aire olía a jazmín y a café recién hecho. Bastien estaba sentado con una taza en la mano, mirando hacia el jardín. Sus ojos miel, antes duros como acero, ahora eran tranquilos… llenos de vida.
Kate salió con una manta sobre los hombros. Se acomodó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro. —Quince años —susurró—. ¿Puedes creerlo? —Quince años desde que me diste el mundo —respondió él, acariciándole el cabello—. Porque eso eres, Kate. Mi mundo.
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