ANNELISSE DE FILIPPI
Colgué la videollamada y me quedé mirando la pantalla en negro, con el corazón latiendo como si acabara de correr una maratón.
Me llevé una mano al pecho.
No entendía nada.
O quizás sí.
¿Quién era ese hombre?
¿Ese rostro perfecto? ¿Esa voz suave? ¿Esa sonrisa que parecía arrancada de una película de espías?
Tragué saliva.
Seguía muda. Literalmente no había dicho nada coherente. Me limité a asentir, tartamudear y colgar.
“¡Soy una idiota! Una tonta sin remedio”, pensé, cuan