Nadie golpeó la puerta. Nadie se atrevía.
En la hacienda Bianchi, todos sabían que cuando el Don cerraba la puerta de la biblioteca, el mundo debía quedarse fuera.
Y así estaba ahora Adriano, solo con sus pensamientos, con los ojos perdidos en el ventanal que daba al jardín, donde las enredaderas subían como dedos de tiempo.
La puerta había sonado fuerte cuando Chiara se marchó. No la había cerrado con violencia, pero sí con resolución. Como alguien que ya no pedía permiso.
Y eso lo estremecía