Adriáno se encontraba en un pasillo que no reconocía, largo, silencioso, revestido de madera oscura que relucía como si el tiempo no hubiera dejado huella en ella. Sus pasos resonaban con un eco pesado, lento, como si la misma atmósfera lo invitara a la cautela. No recordaba cómo había llegado hasta ahí; lo único que sabía era que debía avanzar, que algo al final de aquel pasillo lo estaba esperando.
La luz provenía de lámparas de bronce incrustadas en la pared, cada una proyectando una llama suave, casi hipnótica, que envolvía el entorno con un tono áureo. La alfombra bajo sus pies, de un rojo profundo con bordados dorados, parecía amortiguar cada movimiento, dándole la sensación de que era observado, seguido por sombras invisibles.
Al final del pasillo, se alzaba una puerta imponente de roble macizo, con incrustaciones de hierro forjado. Adriáno alzó la mano y la abrió lentamente. Un crujido grave lo recibió, y al cruzar el umbral, se encontró con una oficina como jamás había visto.