Adriano llegó muy tarde esa noche. Sentía el dolor.
Siempre habían tenido pactos: no meterse con niños.
Sintió unos pasos que se acercaban, suaves, femeninos. Los reconoció: era ella, Chiara.
La mujer estaba vestida con una pijama blanca, el cabello suelto y ese aire de seguridad que siempre llevaba. Nunca se había sentido tan seguro como cuando estaba con ella.
Chiara puso las manos sobre su rostro y lo miró. Al parecer, podía sentir el dolor que Adriano traía en el alma.
—¿Qué sucedió? —pregu