La noche era espesa.
Una lluvia leve comenzaba a golpear los ventanales, arrastrando consigo el murmullo lejano de un trueno. La ciudad dormía, pero en la habitación de Adriano, el mundo se sentía detenido.
Chiara lo observaba en silencio.
Adriano estaba sentado al borde de la cama, con la camisa desabrochada, los hombros caídos, las manos entrelazadas. Había algo en su mirada, una tristeza tan profunda que parecía arrastrar años de peso.
Ella caminó hacia él, descalza, aún con la pijama blanca