Espantaria al mismo Lucifer.
La noche se había vuelto más oscura de lo habitual. Ni las luces de Palermo ni la luna se atrevían a iluminar el camino de Adriano. Dentro de la camioneta blindada, el silencio era espeso, como si incluso sus escoltas evitaran respirar demasiado fuerte. Sabían que su Don no hablaba cuando estaba furioso. Y esta vez, lo estaba más que nunca.
Llegaron a la casa de seguridad en las afueras, una antigua villa reconvertida en fortaleza. Rodeada por muros de piedra, cámaras, guardias armados y perro