Chiara caminaba con pasos enérgicos, con los puños apretados y el corazón latiendo desbocado. El aire que soplaba desde las colinas arrastraba consigo la rabia acumulada. ¿Quién se creía Adriano para hablarle así? ¿Para gritarle frente a todos como si ella fuera una ladrona? ¡Como si no tuviera derecho a tocar ni un rincón de esa casa!
—¡Chiara! —La voz grave, inconfundible, la detuvo. Él venía detrás.
Ella giró con furia y se plantó frente a él.
—¡No te atrevas a tocarme! —espetó—. ¡Ya fue suf