La noche había caído con una pesadez sofocante. La mansión, a pesar de su lujo, se sentía como una prisión de mármol. Chiara entró a la recámara que compartía con Adriano, descalza, envuelta en una bata de seda color marfil. Encendió la lámpara de la mesita y la habitación se llenó de una luz cálida que no alcanzaba a disipar del todo las sombras.
Se sentó al borde de la cama, mirando hacia la ventana. Las cortinas danzaban levemente con la brisa. No podía dormir. No con tantas voces cruzándose