El cielo de Zúrich era de un gris metálico, frío y pulcro, como el cristal de los relojes que daban fama a la ciudad. Antonia bajó del jet privado sintiendo que el aire gélido le cortaba la respiración. Llevaba un abrigo de cachemira color crema, lo suficientemente holgado para ocultar cualquier rastro de su secreto, aunque en su mente sentía que su vientre era un faro gritando la verdad al mundo.
A su lado, Alejandro caminaba con una renovada prepotencia. No la había tocado, pero su cercanía e