La noche se había instalado sobre la cabaña como una presencia espesa, cargada de la humedad que subía desde el lago. El viento movía las ramas de los árboles con un crujido constante, y cada tanto una ráfaga más fuerte hacía gemir las ventanas de madera. Noah estaba sentado frente a la chimenea, con los codos apoyados en las rodillas y las manos colgando entre ellas. El fuego crepitaba, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de madera, y el calor de las llamas le acariciaba el rostro. Pe