La celebración estaba en su punto más alto.Los inversores más importantes del país brindaban en el salón de eventos, rodeados de lujo y poder. Alejandro Montenegro era el centro de atención, como siempre. Natalia estaba pegada a su brazo, sonriendo, seduciendo, siendo la acompañante perfecta.Uno de los inversores, un hombre de cabello cano y mirada de tiburón llamado Don Ricardo, levantó su copa y la observó contra la luz.—Excelente vino. Un Bordeaux del 98. Pero lástima que no hay el que probamos en la cata de aquel año en Francia. Ese era verdaderamente único. Un Romanée-Conti. Imposible de conseguir ahora.Alejandro levantó una ceja. Natalia, que lo conocía mejor que nadie, sintió la oportunidad.—Ah, ese —dijo ella, con una sonrisa pícara—. ¿No es ese el que tienes guardado en la mansión?Alejandro la miró, sorprendido.—Sí. Lo compré en una subasta hace tres años. Lo he guardado para una ocasión especial.—¿Y qué momento más especial que este? —dijo Natalia, señalando a los in
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