El viaje hacia la mansión fue largo y silencioso. Antonia iba en el asiento del acompañante, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en la carretera que se perdía entre los árboles. Noah manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, los ojos fijos en el horizonte gris. El cielo estaba cubierto, amenazando lluvia, y el viento movía las ramas de los árboles con un crujido que parecía una advertencia.
No hablaron durante horas. No hacía falta. La t