La mañana amaneció gris sobre la cabaña, con un cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia y un viento frío que se colaba por las rendijas de las ventanas. Antonia bajó las escaleras con Nael en brazos y Leo agarrado de su camisón, los tres envueltos en la misma manta de lana que Noah había tejido meses atrás. El olor a café recién hecho llenaba la cocina, y sobre la mesa había pan tostado, mermelada y un vaso de jugo de naranja para Leo.
Noah estaba de espaldas a ella, lavando las tazas de