El vuelo de regreso desde Suiza fue un descenso lento hacia el infierno. Antonia permaneció sentada en el asiento de cuero del jet privado, con la mirada perdida en las nubes que se teñían de un naranja sangriento por el atardecer. Alejandro, sentado frente a ella, saboreaba un whisky con una calma que resultaba obscena. El silencio solo se veía interrumpido por el leve zumbido de los motores y el eco de las palabras de Noah en la nieve: «No me uses para limpiar tu conciencia».
Antonia sentía q