La casa de Noah amaneció vacía y fría, como si algo se hubiera roto mientras él dormía.
Noah lo sintió antes de abrir los ojos. El silencio era diferente. No era el silencio de la calma, sino el de la ausencia. El de las cosas que ya no están donde deberían estar. Leo seguía durmiendo en su habitación, con los brazos abiertos, los dedos enroscados en la manta que Antonia había tejido. Una de las trabajadoras de la Red velaba en la mecedora, con los ojos fijos en la pantalla donde los sensores d