La mansión de Alejandro estaba sumida en un silencio que Antonia no recordaba haber escuchado nunca.
El auto de la Red la dejó en la entrada de piedras blancas y se fue sin hacer ruido. Antonia se quedó un momento en el umbral, sintiendo el peso de los jazmines que seguían floreciendo en los maceteros, el olor a humedad y a tierra mojada que siempre la transportaba a otra época. La puerta principal estaba abierta. No había guardias. No había trabajadores. Solo el eco de sus propios pasos en el