La noche se había instalado por completo cuando Antonia cerró la puerta de la habitación de Leo.
El niño dormía con los brazos abiertos, la respiración profunda, los dedos enroscados en la manta que ella había tejido durante los meses en el Santuario. Se quedó un momento en el umbral, mirándolo, sintiendo el peso de las horas que no había dormido aplastándole los hombros. La imagen de Alejandro en la cama de la mansión seguía fresca en su memoria: las mejillas hundidas, los ojos cerrados, las m