El espejo de la suite principal de la mansión devolvía una imagen que Antonia apenas reconocía. Llevaba un vestido de seda medianoche, una pieza de alta costura que Alejandro Montenegro había seleccionado personalmente para que ella luciera como la joya de la corona de su imperio.
El collar de diamantes sobre su clavícula pesaba, no solo por su valor, sino por lo que representaba: la marca de propiedad de una de las familias más influyentes del país.
Alejandro entró en la habitación. Su esmoqu