La mansión Montenegro no era un hogar; era un mausoleo de mármol diseñado para que cualquiera que no llevara el apellido se sintiera insignificante.
Al cruzar el umbral, Antonia sintió que el aire cambiaba. Ya no era el aroma a pino y tierra mojada de la cabaña de Noah; ahora era una atmósfera estéril, cargada de una fragancia antigua y señorial que parecía adherirse a su piel.
Una vez sola en su habitación, Antonia dejó al niño en la cuna. Sus dedos temblaron al rozar el marco de la puerta, u