El coche avanzaba por el camino de cipreses que conducía a la mansión Montenegro, pero para Antonia, cada metro de asfalto se sentía como una herida abierta.
Alejandro conducía en un silencio sepulcral, con las manos firmes sobre el cuero del volante. Ya no había rastro del hombre vulnerable; ahora, su perfil era de piedra, iluminado por los destellos intermitentes del sol de la tarde que se filtraba entre los árboles.
Antonia miraba por la ventanilla, apretando al niño contra su pecho. El peq