La noche había caído sobre la casa de Noah con una pesadez antinatural. En el interior, el aire parecía haber sido succionado, dejando solo un vacío gélido que ni siquiera la chimenea encendida lograba entibiar.
Antonia permanecía sentada a la mesa, con la mirada perdida en las vetas de la madera, mientras el eco de las palabras de Alejandro aún rebotaba en las paredes: «Mañana a las ocho.»
Noah se movía por la cocina con una energía contenida, casi violenta. Preparó un té que ninguno de los d