El sol de la tarde entraba por los ventanales del comedor.
Antonia estaba sentada frente a Alejandro, con el niño dormido en su regazo, los brazos pequeños enroscados a su cuello, la respiración cálida contra su clavícula. Llevaba dos horas así. Desde que los resultados llegaron, desde que la verdad se había clavado en su pecho como una daga, no podía soltarlo. No podía dejar de sentir su peso, su calor, la forma en que sus dedos se aferraban a su vestido como si él también supiera que algo est