Alejandro no se movió. Sus manos colgaban a los costados, sus ojos estaban fijos en el niño, su cara era una máscara de algo que ella no sabía nombrar. Algo que se parecía al terror de un hombre que ve su propio rostro en otro y no sabe cómo explicarlo.
—No puede ser —dijo, con la voz ronca.
—Haz las pruebas —dijo Natalia, dejando al niño en el suelo—. Ahí vas a ver la verdad. O la que yo quiero que veas.
Los piececitos del niño tocaron el mármol con un golpe suave, y él se quedó ahí, en medio