Alejandro la encontró así una hora después.
Ella seguía en el jardín, sentada en el borde de la fuente, con el sobre en las manos y los ojos fijos en el agua que corría sin rumbo. Él se acercó con pasos que ella reconoció antes de verlo. Los mismos pasos que había escuchado en las noches de la mansión, cuando él subía a su habitación después de que Natalia se fuera. Los mismos pasos que ahora sonaban diferentes.
—Antonia —dijo, sentándose a su lado—. Tenemos que hablar.
—No quiero hablar.
—Vas