La noche cayó sobre la casa de Alejandro como un manto de plomo.
Antonia no se había movido del umbral. La foto de Noah seguía en sus manos, arrugada por los dedos que no dejaban de apretarla. El sobre blanco descansaba sobre sus rodillas, con esas palabras que le quemaban los ojos cada vez que las releía.
«Si lo querés ver vivo, vení sola.»
Afuera, los hombres de seguridad se movían con linternas que barrían la oscuridad. Motores encendían y se apagaban. Voces se cruzaban en códigos que ella n