La habitación tembló con un golpe seco que subió desde el piso de abajo.
Antonia sintió la vibración en las plantas de los pies, en los huesos, en la médula. Alejandro había descubierto que no estaba en su habitación. Los gritos empezaron después, apagados por el cemento, pero inconfundibles. Su voz era un animal enjaulado que rompía los barrotes.
—Va a subir —dijo Elena, con la calma de quien ha visto muchas tormentas—. Tenemos que movernos ahora.
Antonia miró hacia la puerta. Los otros hombre