El agua de la tina seguía corriendo, pero Clara ya no temblaba. El frío había comenzado a hacer efecto, y el calor que la consumía se había convertido en un latido sordo que apenas se sentía. Alejandro seguía arrodillado junto a la tina, con las manos entrelazadas a las de ella, sin soltarlas ni un segundo. Sus dedos, fríos por el agua, se aferraban a los de él como si fueran el único ancla en medio de la tormenta. La luz de la mañana entraba por la ventana del baño, iluminando el vapor que se