El sol ya estaba alto cuando Noah y Alejandro, vestidos de gala, esperaban impacientes en el altar. El arco de jazmines se mecía con el viento, y las sillas estaban llenas de invitados que murmuraban con una mezcla de curiosidad y preocupación. Elena, que había visto demasiadas guerras, mantenía la calma con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Caleb, en cambio, no podía ocultar una sonrisa de oreja a oreja que escondía detrás de su copa de champán. Sus dedos, apoyados sobre la mesa de la bar