El viaje a Ginebra fue un ejercicio de silencio y anticipación. Alejandro, Noah, Antonia, Clara y Caleb ocupaban la camioneta blindada de la Red, mientras Elena se quedaba en la mansión con los niños. El paisaje desfilaba tras la ventanilla, primero verde y montañoso, luego más plano, más urbano. Las carreteras se sucedían unas a otras, y el rugido del motor era el único sonido que rompía el silencio. Alejandro tenía la llave oxidada en el bolsillo, y su peso era un recordatorio constante de lo