La noche era espesa como tinta cuando el teléfono de Elena vibró sobre la mesa de la cocina. No era una llamada común. La frecuencia encriptada parpadeaba en la pantalla, y el sonido, aunque breve, cortó el murmullo de la cena como un cuchillo. Elena levantó la vista del teléfono y su rostro, iluminado por la luz azulada, se contrajo en una mueca que Antonia conocía bien. No era la primera vez que veía esa expresión en los ojos de Elena. Era la misma que tenía cuando algo iba mal. Muy mal.
—Uno