Noah y Alejandro se detuvieron al borde del jardín. El camino de piedras que llevaba hasta el altar estaba cubierto de pétalos de jazmín, y el viento los elevaba en pequeñas espirales que se deshacían en el aire como suspiros. El corazón de Noah latía con una fuerza que casi lo ahogaba, y sus dedos, que habían construido edificios, temblaban ligeramente al tomar la mano de Antonia. Alejandro, a su lado, sintió que el peso de los años se desvanecía, como si el pasado, por fin, hubiera decidido s