El amanecer en la Patagonia no trajo paz, sino una claridad cruel que iluminaba los restos humeantes del muelle. El aire olía a madera quemada y a nieve derretida. Antonia estaba sentada en la cocina de la casa de seguridad, con las manos envueltas alrededor de una taza de café que ya se había enfriado. Noah, con el brazo vendado y el rostro marcado por el cansancio del combate, se mantenía a su lado, en silencio. No intentaba forzar una conversación; simplemente estaba allí, como una presencia