Afuera, sobre la superficie helada del lago, las sombras se movían con la precisión de espectros. El Sindicato de la Sangre no había enviado mercenarios comunes; eran unidades de élite, cazadores entrenados para oler el miedo. Pero Noah no tenía miedo. El vacío que Antonia había dejado en su pecho con sus palabras de desilusión era tan vasto que ya no quedaba espacio para el terror.
—Vengan por mí —susurró Noah, poniéndose de pie con una lentitud letal.
La cabaña explotó en una lluvia de astill