El vehículo de escape rugía mientras atravesaba la maleza nevada, pero el estruendo del motor no lograba opacar el silencio sepulcral dentro de la cabina. Antonia estaba encogida en el asiento trasero, con la mirada perdida en la blancura que se desvanecía por el retrovisor. Noah conducía con los nudillos blancos, apretando el volante como si quisiera estrangular el destino.
Él sabía lo que ella estaba pensando. Sabía que cada segundo que se alejaban, una parte de la humanidad que Antonia acaba