La cueva, que horas antes parecía un refugio, se había transformado en una sala de guerra improvisada. Noah observaba a Antonia mientras ella revisaba el cargador de su pistola con una precisión mecánica. Verla así, tan eficiente y a la vez tan distante, era una tortura para él. El romance, que antes fluía entre ellos como un río indomable, se había convertido en un campo minado de silencios y sospechas.
—Si entramos ahí, Antonia, no hay vuelta atrás —dijo Noah, rompiendo el mutismo. Su voz son