—¡Gamaliel, detente!
Lejos de obedecerme, él continuó lanzando agua en mi dirección.
Parecía tan joven así, jugando conmigo en medio del río. Su risa resonaba entre los árboles, limpia, despreocupada, y por un instante resultaba difícil creer que apenas unos días atrás ambos habíamos estado luchando por mantenernos con vida.
Tomé un poco de agua entre las manos y se la lancé de regreso.
—¡Eso fue una trampa! —me quejé.
—¿Trampa? —rió—. Solo eres lenta, Miel.
Bufé y avancé un par de pasos, leva